Luis Sepúlveda, un intercambio inconcluso

“Querida Oriana, entre tus fotos de años ha… ¿tienes alguna fotografía de El Michay o de esos tiempos de la J en la quinta comuna? Un beso gordo, Lucho”.

Por Oriana Zorrilla N. *

15 de abril 2020: Luis Sepúlveda, escritor famoso, te escribí un mensaje que voló sin destino, probablemente tú estabas dejándonos a causa del virus que nos tiene secuestrados. Creo que fue por rebeldía porque nunca aceptaste las exigencias anti libertarias. Aún conservo el libro de poemas “Las leyendas del Cristo Negro” de Mahfúd Massis, con la dedicatoria en letras rojas, para reconciliarte porque te llamé la atención por rayar los muros blancos de la Iglesia de El Tabo y tomar un par de cervezas en Cartagena, eludiendo las reglas en El Michay.

11 de marzo 2020: Oye, escritor famoso, me estás mirando desde la portada de La Segunda, no sé qué es peor, saber que ese maldito virus te tiene por las cuerdas o mirarte en la portada. Resiste! te lo exijo, desde aquí, desde la quinta, quinta de tu barrio de infancia.

18 de abril de 2012: 

¡Qué coincidencia este intercambio en un mes de abril de hace ocho años!

“Querida Oriana, entre tus fotos de años ha… ¿tienes alguna fotografía de El Michay o de esos tiempos de la J en la quinta comuna? Un beso gordo, Lucho”.

“Mi querido escritor universal, en aquellos años no eran comunes las cámaras fotográficas, sin embargo, tengo una hermosa foto de El Michay en que aparecemos Gioconda Vergara, Patricia Vargas y yo. Éramos tres bellas muchachas y cargábamos chuzos y palas, supongo que para armar nuestras carpas. Recuerdo esas conversaciones entre educativas y políticas- en torno a la fogata. 

Al preguntarle a los chicos ¿Por qué te acercaste a la JOTA? Sus respuestas eran políticamente incorrectas “me gusta ella”, “lo paso bien con ustedes”.

Me has hecho recordar nuestras incursiones en la Quebrada de Alvarado, la rigidez del viejo Abraham, que fue asesinado ese día junto al Pepe Carrasco y a los otros en venganza por el atentado a Pinochet. No olvido el desparpajo con que “el Ayaru” -Mario era su nombre- se metía al mar en calzoncillos. Después paradojalmente se transformó en un elegante vendedor de tienda. A Lorenzo y los otros con los “bluyines” arremangados.

Tomábamos el tren en la Estación Central hacia Cartagena y demoraba tanto.  Antes de partir ya estábamos comiendo huevos duros, trozos de sandía y choclos cocidos. Luego llenábamos las destartalados micros que recorrían el Litoral Central para bajarnos en la esquina de la Iglesia de El Tabo, a la que denostabas en todos los términos posibles.

Y de allí, cargar los bultos hacia arriba. Jamás olvidaré la humillación que me hizo pasar mi madre al poner en mi bolso sabanas y pijama, por cierto, no teníamos mochilas. Buscaré la fotografía y la digitalizaré, más que sea para recordar lo jóvenes que fuimos.

No sé si alguna vez te dije, pero nunca me he cambiado de la población y parece que el tiempo no hubiera pasado por aquí. Suelo encontrarme con los viejos jotosos. ¿Te acuerdas del Chelo Barrera? Era un gordo que cantaba canciones picarescas; “un día se murió la Beatriz, por meterse el dedo en la nariz”, parece que me alargue ante una pregunta tan breve.

19 de abril 2012: Día de la fundación del Partido Socialista. 

Querida Oriana: No sé si me estoy convirtiendo en un cuchuflí emocional, de esos que se ablandan fácilmente y dejan caer lagrimones de manjar blanco, pero tu mensaje me ha causado exactamente eso. ¡Cuántos recuerdos! La pregunta es porque me encuentro escribiendo algo que quiero mucho, en realidad es mi más hermoso e intenso proyecto literario. Se trata de una novela titulada “Los años felices” y en ella cuento la historia de la militancia y todo me sirve para refrescar la memoria.

¿Cómo olvidar el Michay, ese grupo de guardias rojos que llenábamos la estación de trenes? Cómo olvidar a la pequeña rubia que encabezaba la consigna con su ¿de dónde somos? Y el coro que seguía: De la quin, quin, quin, de la ta, ta,ta…Juventudes Comunistas de la Quinta Comuná.

Algunas veces cuando viajo a Chile, a Santiago suelo perderme solo por el barrio que ha cambiado tanto. Me gusta bajar por la calle Colón desde Independencia a Vivaceta y dejarme llevar por los recuerdos. ¿Cómo no recordar al Ayaru? Y, de tantos, los hermanos Margarita y Bernabé Calderón, o mi gran compañero Marcos Leal, el primer militante que conseguí cuando en Avenida Matta 2832 me dijeron que hablara con los viejos del Partido para que me dieran las llaves de un local en la esquina de Rivera. Y, solo como un náufrago, pero sintiéndome émulo de Pavel Korchaguin encaché ese local. Arreglé una mesa de pin pon, recortando artículos y fotos de la revista Unión Soviética armé una exposición que se titulaba “La conquista del Cosmos” y, solo, esperaba día tras día en ese local hasta que apareció Marcos Leal y ya fuimos dos los jóvenes comunistas. Y al mes éramos más de treinta, que fuimos “la guardia roja que va forjando el porvenir”.

Y, por cierto, jamás olvido que, tras la exhibición de sábanas y pijama, en el Michay con Hernán Cortés fuimos tus ángeles de la guarda nocturnos, durmiendo, uno a cada lado, envueltos en nuestras frazadas, para proteger a la pequeña Oriana de los lobos rojos que acechaban en el bosque.

20 de abril 2012: Me da un poco de pudor escribir a un tipo tan famoso como tú, pero el haber vivido esos “Años Felices” me da el derecho a hurgar en mis recuerdos y es inevitable no pensar en los “sábados rojos” y los “domingos insurgentes”.

Temprano formábamos las brigadas para vender el diario El Siglo ¿cuándo iba a imaginar qué años más tarde sería reportera allí? Fue mi primer trabajo como periodista. Éramos la primera “horneada” de periodistas universitarios y con verdaderos maestros, todos “cuadros de la clase obrera que aprendieron el oficio de tanto leer y escribir” para cambiar el mundo.

Despertar a los viejos de la población voceando El Siglo a veces producía iras, a las que sobrevivíamos estoicamente con nuestra alegría de superar la cuota de vender 10 diarios por grupo. Por las tardes nos íbamos de excursión al cerro de Renca, al parque Cousiño o al cerro San Cristóbal. Era tardes de juegos, conversación y de amores juveniles. Nos lo caminábamos todo y llegábamos rendidos para ir nuevamente al local. Allí bailábamos, no mucho. No nos caracterizábamos por el ritmo, más los guitarreos eran nuestra actividad favorita.

¿Cómo era posible salir a las 07:00 de la madrugada cuando podíamos dormir hasta las tantas?  Nuestros viejos reclamaban que ese entusiasmo debíamos dejarlo para la semana. Siempre llegaba tarde a tomar el bus 41 de la E.T.C.E. (Empresa de Transportes Colectivo del Estado) que me dejaría en Recoleta, en mi Liceo, el N° 4. Todos los días coincidía con Oscar Castro el actor, también famoso mundialmente, quien iba al “pituco” colegio Academia de Humanidades. Me empinaba para sujetarme del fierro y Oscar acercaba su mano a la mía rozándola levemente. Nunca intercambiamos palabras.

Por ser hija de comunistas me eligieron  presidenta del Centro de Alumnas del Liceo, era ridículo que, yo a los 14 años fuera dirigenta de casi cuatro mil alumnas entre internas, externas y mediopupilas. Mis inseparables compañeros del Valentín Letelier me daban cuerda para que no desmayara ante semejante tarea.

LA POBLACIÓN

Cuando la JOTA y el Partido de la población habían crecido tanto tuvimos un local “propio”, estaba en Araucaría con Walter Lihn. El compañero Zúñiga tenía las llaves y nuestro “comisario” era el compañero Madrid. Ellos velaban por nuestro buen comportamiento; nada de alcohol, nada de cigarrillos y mucho menos “sexo”.

Hace un tiempo me enteré que este señor Walter Lihn era un interesante arquitecto de inicios del Siglo XX, propietario de la casona que luego se transformó en Londres 38, lugar de tortura y muerte durante la dictadura.

El año 1921 W. Lihn trajo a un urbanista austríaco para proyectar un barrio con construcciones de tres o más pisos. Esos edificios se construyeron entre los años 1923 al 1929.

Nuestro barrio se caracteriza por sus calles estrechas y amplias y no es contradicción. Empedradas con adoquines, creo que nadie en la población sabe de este sujeto. También me llena de emoción saber que fuimos jóvenes idealistas, estudiosos, alegres, sencillos y llenos de sueños.

Lo importante ahora es mantener el alma intacta después de tantos años.

23 de abril 2012: Querida Oriana lo que me cuentas de Lihn es asombroso, pero encaja en eso que se llama “el pago de Chile”. Es asombroso porque hasta que leí tu mensaje pensé que mis recuerdos eran una trampa de la imaginación, y que nunca había existido un pequeño barrio así, de casas pequeñas, y adoquinado. Ahora sé que existió y confío en que siga existiendo.

Con mi amigo, mi hermano el gran escritor argentino Osvaldo Soriano solíamos decir que lo peor de haber nacido y vivido en el Siglo XX, era que nuestras vidas eran como un incesante inventario de pérdidas, y que a veces nuestra propia memoria nos hacía dudar.

La última vez que estuve en Santiago el año pasado, en un mes triste de abril porque me tocó acompañar los últimos días de un amigo y compañero muy querido, Óscar Espinoza, el Sambo, hice un viaje por la memoria y me fui caminando por San Diego desde la Alameda hacia el sur. Buscaba una calle pequeña que unía otras dos; Lacunza y Nataniel. 

En mi memoria es una calle de una sola cuadra, con casas bajas de ladrillo, algo así como el barroco turinense, y en cada casa había un farolito de hierro forjado que, sobre el invierno, le daba un aspecto escenográfico. Y, eran casas humildes, la mayoría conventillos. Pero no encontré nada, todo había desaparecido hasta el trazado de las viejas calles había sucumbido a la necesidad de comunicar a la ciudad con la autopista norte-sur.

La última vez que estuve en mi viejo barrio Vivaceta busqué mi casa en la calle Teniente Bisson 611. Pero el barrio era un mundo distinto, otro planeta.

No estaba la panadería de un viejo español llamado Miguel, cuyo aroma a pan caliente saludaba mi bajada de la micro o del gigantesco bus Mitsubishi, enorme como un barco, cuando volvía del Instituto Nacional. Tampoco estaba el almacén de la señora Olga, que vendía a crédito mediante un sistema de libretas, en las que anotaba delante de los clientes, con un grueso lápiz de carpintero, la compra y su valor. Tampoco estaba la carbonería de Pardo, vendedor del mejor carbón de espino para los braseros que calentaban los inviernos o para los asados.

En la esquina de Rivera y Teniente Bisson falta todo. No existe la sede del PC  de las JJ.CC. ni el emporio del tano Girardi, que dos veces al año recibía una mortadela espléndida y que cuando se nacionalizó chileno en 1966 invitó a todo el barrio. Y, tampoco estaba la jabonería de don Peyo, otro español que pasaba el tiempo escuchando óperas y se molestaba cuando lo interrumpían.

A veces creo que por ese hombre soy escritor, porque una de las cosas que más me gustaban era cuando mi madre me mandaba a comprar un litro de agua de cuba, y un puñado de azul, que era un polvo para blanquear la ropa, finísimo y absolutamente azul. Yo veía como sacaba un puñado de una enorme caja y hacía un cucurucho de papel. Apenas salía, yo abría el paquetito y me extasiaba con ese color, y repetía la palabra azul…azul como un conjuro, y amo esa palabra. Hasta ahora la palabra azul es una de mis favoritas, porque cada vez que la digo me lleva de regreso a esa esquina de mi infancia. 

Un beso en un día de temporal. 

16 de abril 2020: Un adiós en medio de la pandemia. Te quedas en Asturias, La Roja, la de antes. Santiago de Chile.

*Presidenta Consejo Regional Metropolitano Colegio de Periodistas de Chile

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